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“Ni ojo vio, ni oído oyó...”

Rvdo. P. Brendan Hughes, CMRI


En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. «A la verdad, yo estoy persuadido de que los sufrimientos de la vida presente no son de comparar con aquella gloria venidera, que se ha de manifestar en nosotros» (Ro. 8:18). Pensamos muy poco en el cielo, y cuando sí pensamos, con frecuencia tenemos falsas nociones de él. Sin embargo, si lográramos entender correctamente esta recompensa, y guardáramos el pensamiento del cielo en nuestra mente, ciertamente permaneceríamos firmes en nuestra resistencia al pecado y perseverancia en la gracia. En efecto, esta verdad de nuestra recompensa eterna ha sido revelada para incitarnos a dar gracias a Dios y para permanecer fervientes en su amor.

Consideren cómo Cristo se reveló a Pedro, Santiago y Juan sobre el Monte Tabor. Solo estos tres apóstoles tuvieron el privilegio de testificar su transfiguración para que pudieran fortalecerse y ser después capaces de atestiguar su desolación en el Jardín de los Olivos. Tan gloriosa fue esta visión que desearon permanecer siempre ahí en contemplación: «Señor, ...hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Mt. 17:4). Nuestra idea del cielo es a menudo deficiente debido a nuestro pobre entendimiento y las limitaciones de las comparaciones terrenales. Si, en cambio, nuestra creencia en el cielo se volviera en nuestras mentes una viva realidad, no solamente evitaríamos el pecado, sino que, por amor a Dios, soportaríamos ansiosamente las dificultades más grandes. Ante una muerte inminente por apedreo, san Esteban «fijando los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios» (Hechos 7:55). Su declaración de la gloriosa visión no fue en vano, pues sabemos que aunque Saulo presidió este cruel martirio, él después se convirtió y se volvió en el gran Apóstol de los gentiles, quien un día escribiría haber estado «arrebatado hasta el tercer cielo» (II Cor. 12:2). Tan glorioso fue este rapto que no supo si estaba aún en el cuerpo o fuera de él. Lo único que podía expresar era que «oyó palabras inefables que no le es lícito al hombre repetirlas» (II Cor. 12:4).

El cielo es real y no meramente un deseo piadoso que esperamos sea cierto. Es un lugar real y un seguro estado del alma. Sí, en verdad es un lugar, pues leemos que los cielos se abrieron en el bautismo de Cristo en el Jordán; también consideramos la ascención de Cristo al cielo. Sabemos que en este reino bienaventurado los justos disfrutan de la visión de Dios, pues Cristo mismo nos lo asegura: «Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt. 5:8). Desgraciadamente, nuestra idea del cielo es deficiente, en cuanto que solo somos capaces de hacer una comparación defectuosa con aquellas cosas que conocemos por nuestros sentidos. Esta limitación para describir las recompensas eternas la explica san Pablo: «Al presente no vemos a Dios sino como en un espejo y bajo imágenes oscuras; pero entonces lo veremos cara a cara. Yo no lo conozco ahora sino imperfectamente; mas entonces lo conoceré a la manera que yo soy conocido» (1 Cor. 13:12). Por otro lado, habiendo él mismo experimentado un anticipo de la dicha celestial, exclama san Pablo: «Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó al hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para aquellos que lo aman» (1 Cor. 2:9).

San Agustín explica que el júbilo del cielo puede volverse realidad al que se le es dado, pero esta felicidad no puede ser descrita pues no hay comparasión adecuada con los gozos de la tierra. San Gregorio Magno lamenta: «En comparación con la dicha eterna, la vida presente se asemeja más a la muerte que a la vida». En verdad, incluso la mayor alegría natural que podamos expermientar en esta vida es solamente un vago reflejo de aquellas delicias que nos esperan en el cielo. Los gozos de esta tierra tienen el propósito de hacernos conocer y amar a Dios, mientras que en el cielo poseeremos ya a Dios mismo. Tan íntima será esta posesión de Dios que san Pedro explica que nos haremos partícipes de la naturaleza divina. Nuestra unión con Dios será perfecta, y de tal manera que san Juan escribe: «seremos semejantes a Él en la gloria, porque lo veremos como Él es» (1 Juan 3:2). Aquí en la tierra tenemos solo un reflejo de Dios: todas las cosas nobles aquí abajo son descritas como imágenes en un espejo, o como una sombra de la divinidad; pero en el cielo contemplaremos no una mera reflexión, sino a Dios mismo.

Consideren la alegría que compartimos en el amor y el compañerismo de familia y amigos, los gozos de la vida virtuosa, o las magníficas bellezas de la naturaleza. Con todo, todos estos gozos son simplemente tantas reflexiones de las infinitas perfecciones de Dios. En el cielo no poseeremos estas meras reflexiones de Dios, sino a Dios mismo. Esta profunda realidad obligó a san Agustía a exclamar: «Si Vos, Oh Dios mío, nos dáis tan bellas cosas aquí en la prisión, ¡qué haréis en Vuestro palacio!». Y san Carlos Borromeo declara: «Si la contemplación de la creación es tan dulce, cuánto más será la contemplación del Creador!»

A parte de lo imperfecto que son nuestras comparaciones terrenales, existe otra razón por la cual no podemos entender los gozos del cielo: estos son espirituales, ya que esta dicha eterna consiste en el conocimiento y amor de Dios. No fuimos creados para una simple satisfacción temporal o material, sino que fuimos creados por Dios para conocerle, amarle y servirle, para que pudiéramos compartir su infinita felicidad en el cielo. Fuimos creados para el cielo, y no encotraremos una felicidad completa y perfecta en ningún placer aparte de la posesión de Dios. Cuán maravillosamente expresa san Agustín este pensamiento al exclamar: «¡Nuestros corazones fueron hechos para Vos, Oh Señor, y no descansarán hasta que descansen en Vos!»

Tan completamente estaremos unidos con Dios en el cielo que san Buenaventura dice: «Los bienaventurados gozan más por la santidad de Dios que por la propia». Nuestra mayor alegría en el cielo no será nuestra felicidad personal, sino que estará en la total y desinteresada dicha de alabar a Dios, y de ir, por tanto, añadiendo a su gloria externa. El gozo del cielo, por tanto, es conocer y contemplar la Divina Trinidad. Esta divina contemplación no será percibida por nuestros ojos corporales, sino por las facultades espirituales de nuestra alma. El alma será iluminada con el don espiritual de la lumen gloriae, la «luz de gloria». Y este don espiritual nos capacitará para contemplar a Dios en su misma esencia. No contemplaremos a Dios meramente por reflexión de su creación externa, sino que lo conoceremos tal como Él es en sí. Y este conocimiento y esta posesión segura de Dios nos hará descansar serenamente en su amor.

Vemos, pues, que en el cielo la fe y la esperanza no serán ya necesarias. Estas pasarán, mas la caridad permanecerá para siempre, según lo explica san Pablo: «La caridad nunca fenece; en cambio las profecías se terminarán, y las cesarán lenguas, y se acabará la ciencia. Porque ahora nuestro conocimiento es imperfecrto, e imperfecta la profecía. Mas llegado que sea lo perfecto, desaparecerá lo imperfecto» (1 Cor. 13:8-10). La fe será transformada en un conocimiento perfecto de Dios, y la esperanza, en la unión perfecta de nuestra voluntad con el amor de Dios. San Pablo concluye: «Ahora permanecen estas tres virtudes: la fe, la esperanza y la caridad; pero de las tres, la caridad es la más excelente» (1 Cor. 13:13).

Por tanto, todos los que están en el cielo se unirán en un solo cuerpo, según la oración de Cristo: «Que todos sean uno como tú, Padre, en mí y yo, en ti.» (Juan 17:21). Tan grande es este amor divino que excede cualquier comparación aquí abajo, como explica el beato Enrique Suso: «El amor del elegido es un cariño mayor que el que existe entre un padre y su hijo».

Ahora, si esta verdadera caridad ha de ser el lazo en el cielo, es razonable que debamos esforzarnos aquí abajo por amar a nuestro prójimo —incluso a nuestros enemigos— con esta misma virtud de la verdadera caridad. Un ejemplo heroico de esta perfecta caridad nos la da una monja de hospital que estaba en China. Mientras lavaba tranquilamente las supurantes llagas de un paciente, causó que un visitante expresara repulsión. «Eso yo no lo haría ni por un millón de dólares», protestó. Sin impacientarse en lo más mínimo y sin interrumpir su trabajo de amor, la monja contestó: «ni yo». Nuestros esfuerzos caritativos no son para una ganancia temporal en esta vida, sino para una recompensa eterna.

Recordemos que esta recompensa del cielo dura para siempre. ¿Qué precio, por tanto, puede ponerse a nuestra alma, o qué límites pueden ponérseles a los sufrimientos que Dios espera de nosotros para merecer nuestra salvación? La salvación debe ganarse a cualquier precio y sin contar el gasto. ¡Qué felices seremos habiendo obtenido esta corona, esta dicha que nadie podrá quitar, y en donde ningún ladrón podrá robar ni polilla consumir! La recompensa está perfectamente asegurada, pues los salvos son libres de todo mal, no sólo del sufrimiento, sino también de la tentación. Aquí abajo estamos sujetos a los males físicos del sufrimiento, las enfermedades, y la muerte. Además, somos susceptibles al mal moral del pecado, el más grande de todos los males. Los males físicos cesarán, como leemos en el Apocalípsis: «Ya no tendrán hambre ni sed, ni descargará sobre ellos el sol, ni el bochorno» (Apoc. 7:16). Más adelante leemos: «Y Dios enjugará de sus ojos todas las lágrimas: ni habrá ya muerte, ni llanto, ni alarido, ni dolor, porque las cosas de antes son pasadas» (Ap. 21:4).

La dicha del cielo está perfectamente segura porque no hay posibilidad de pecado. Así, la felicidad del cielo es perfecta, y no podemos tener en este mundo comparación adecuada de ese gozo eterno. Aquí en la tierra la riqueza está sujeta a la pérdida y las amistades pueden enfriarse. Los deleites que nos dan el mayor placer agradable se vuelven tediosos con el tiempo. Hasta un viaje agradable a un campo escénico, aunque anticipado ávidamente y disfrutado en el momento, se convertiría en un enfado si se prolongara indefinidamente. En verdad, nuestra felicidad no puede colocarse entre los gozos de este mundo, pues aquí no tenemos morada perdurable; somos viajeros en este mundo, viajamos a nuestro hogar eterno. Únicamente el cielo puede satisfacer nuestras esperanzas, pues en el cielo poseeremos a Dios mismo; contemplaremos por siempre la Divina esencia de la Trinidad. No podremos cansarnos nunca en esta divina contemplación; nunca podremos agotar el conocimiento y el amor de la infinitud de Dios. San Pablo exclama: «¡Oh profundidad de los tesoros de la sabiduría, y de la ciencia de Dios: cuán incomprensibles son sus juicios, cuán insondables sus caminos! ...Todas las cosas son de Él, y todas son por Él, y todas existen en Él: a Él sea la gloria por siempre jamás. Amén» (Ro. 11:33,36).

En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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